Parece que el tema de la ETICA ocupa hoy, como nunca, un lugar preferencial en el discurso solemne de la sociedad a fines del Siglo XX. Políticos y empresarios adquieren status y buen tono si hablan de ETICA; y el mercado del discurso moral exige mucha competividad a los distraídos predicadores tradicionales.1
En realidad, y en buen romance, lo que pasa es que la ETICA, como ingrediente de la conducta y de la personalidad humana, brilla por su ausencia. No es que la gente sueñe con vivir y ser cada vez mejor, moralmente hablando. Lo que pasa es que ya no se puede ni siquiera vivir.
La frase de que "estamos ante una crisis de valores" es del consumo diario en todos los niveles y órdenes sociales y culturales, y se expresa de múltiples formas lexicales y semiológicas. Hace referencia a una verdadera debacle en nuestra supuesta "civilización". Y aunque no se ha desatado una onda propiamente milenarista, como algunos intelectuales tal vez esperaban y pronosticaban, de todos modos los avatares de la vida humana (que siempre parece haber sido un "valle de lágrimas") se han venido expresando en hitos y términos, más o menos terribles, como amenaza nuclear, contaminación, fundamentalismo, violencia, terrorismo, inflación, desempleo, Sida, cáncer, escepticismo frente a la política, delincuencia, tráfico de drogas, violaciones múltiples, hambre, abandono de los niños, destrucción de la familia. Pese a muchos y grandes avances en diversas líneas del desarrollo humano, los pensadores probablemente están de acuerdo en que la cosa, en general, simplemente no funciona o no funciona como sería mínimamente deseable (si es que alguna vez funcionó bien, tanto en sentido mecánico como en sentido propiamente moral).
En este contexto, cuya descripción ya es estándar y de rutina en nuestra percepción de la actualidad terráquea y mundial, los profesores de ETICA o FILOSOFIA MORAL -antes que nada como observadores de la vida y de la historia humana- nos preguntamos qué significación pueden tener hoy los códigos de ética de los Colegios Profesionales (si es que alguna vez tuvieron alguna significación importante). Por eso nos parece que puede valer la pena detenernos a estudiarlos y llegar a alguna conclusión sobre su importancia y su vigencia.
De seguro que todos tenemos ya, de antemano, un pre-juicio y una respuesta. Porque por poca información que tengamos, creo que podemos estar seguros de que, por ejemplo, a los historiadores, antropólogos, sociólogos, psicólogos y analistas sociales peruanos, no se les ha ocurrido nunca ni siquiera mencionarlos en la, sin duda, rica bibliografía sobre la realidad nacional. Pero si, además, nos tomamos la molestia de preguntarles a los profesionales colegiados sobre la importancia de su código de ética y su juramento, podemos estar seguros de que nos responderán generalidades, no han leído nunca el tal código de ética (o por lo menos ya no lo recuerdan) y no serán pocos los que -si hablan sinceramente- confesarán que en realidad todo eso no tiene ninguna importancia y que lo que interesa es la conciencia personal de cada uno. Es decir, el juramento de honor de un código de ética profesional, en el Perú, es una ceremonia que puede ser más o menos "solemne" y "social" (es decir corbata o vestido largo) por la que hay que pasar para recibir oficial y públicamente el permiso o licencia para el trabajo profesional (en aquellas profesiones donde la ley manda que la autorización estatal se obtenga a través de un colegio profesional).2
De todos modos, el tema y fenómeno de los códigos de ética de los colegios profesionales tiene un relativo y lógico interés para los profesores de ética o de filosofía moral, sobre todo si se trata de cursos dirigidos a universitarios próximos a graduarse como licenciados. Nos interesa opinar -aunque no sea sino en un par de horas durante el Curso- sobre la manera en que se han formulado explícitamente (en artículos y cláusulas) una serie de "imperativos" morales. Nos interesa también observar la manera en que un código de ética explícito compromete a un grupo de juramentados, que se asocian en hermandad (en una "Orden") para ayudarse mutuamente y para servir mejor a su comunidad o a su sociedad. Un profesor de moral tiene que decir algo sobre esta combinación de formulación kantiana de imperativos y de compromiso social ateniense. Sus propios alumnos tendrán que someterse dentro de poco a la ceremonia del juramento de honor.
Para empezar tomemos como punto de partida el juramento hipocrático de los médicos de la Atenas clásica, cuyo texto reza, más menos, así:
"Juro,
invocando como testigos al Médico Apolo y a Asclepíades, y a Higía y Panakeia y a todos los dioses y diosas,
que cumpliré con mi mayor empeño y juicio este Juramento y este Compromiso:
- Respetaré, como hago con mis padres, al que me enseñó esta profesión; compartiré con él mis recursos; y cuidaré de él si está en necesidad. Consideraré a sus sucesores como hermanos míos y, si así lo desean, les enseñaré esta profesión, sin exigirles dinero ni contrato.
- Brindaré, a mi hijos y a los hijos de mi maestro, asesoramiento, lecciones y todo tipo de enseñanza; también a los estudiantes que, de acuerdo a la tradición de lo médicos, están ligados por contrato y obligados por juramento, pero, aparte de ellos, a ninguna otra persona.
- Daré mis prescripciones para provecho y consuelo de los enfermos, con mi máximo empeño y juicio, protegiéndolos de cualquier daño o injusticia.
- A nadie -así me lo pidiesen- administraré veneno mortal, ni daré consejos al respecto. Tampoco suministraré nunca a una mujer medios para abortar.
- No operaré cálculos de vejiga sino que lo dejaré a los que tienen ese oficio.
- A cualquier casa adonde ingrese lo haré para provecho y consuelo de los enfermos, absteniéndome de toda incorrección y de todo tipo de ofensa, lo mismo que de cualquier acto impúdico al tratar los cuerpos de mujeres y hombres, libres y esclavos.
- Todo lo que vea y oiga durante el tratamiento o fuera del tratamiento, tratándose de asuntos humanos que no deben difundirse, lo guardaré en silencio y lo consideraré un secreto.
Si cumplo con este Juramento y no lo lesiono, tenga yo éxito en la vida y en esta profesión, así como reconocimiento eterno de todos los hombres.
Si lo paso por alto y me hago perjuro, que me ocurra lo contrario".3
Deseo fijarme en tres aspectos del presente texto del juramento hipocrático:4
Sin quitarle ninguna importancia al primer aspecto, más bien técnico, que se refiere al recorte de la libertad profesional en áreas específicas (como el suicidio, el aborto y la cirugía de cálculos de vejiga), soy de la opinión de que el peso y la exigencia del juramento o del código tienen que ver, sobre todo y en primer plano, con la construcción de una hermandad de juramentados.6 Esa hermandad y esa solidaridad justifica realmente el juramento.
Evidentemente el juramento también supone, y hasta hace explícita, toda una concepción de la vida moral, vista por el médico, y toda una concepción, a veces en detalle, de cómo ha de ser su conducta moral en el tratamiento y en la terapia. El secreto profesional y la forma técnica y "angélica" de realizar los exámenes médicos corporales, son buenos ejemplos (por no repetir lo del suicidio, aborto y cirugía de vejiga). Estimo, no obstante, que, supuestos los compromisos técnicos y específicos que se someten a juramento, son los otros juramentos los realmente valiosos, a saber, los que ligan a los juramentados entre sí y que dan pie a una comunidad juramentada y a un grupo de técnicos que se ayudan entre sí y, sobre estas bases, trabajan por el bien de los demás, de los no juramentados.
Si desde estas perspectivas pasamos a una lectura de los textos de los códigos de ética de nuestros colegios profesionales, encontraremos que carecen de un contenido moral técnico-específico y, mucho menos, de algún tipo de atadura fraterna, por la que valga la pena ponerse a decidir si uno jura o no jura.7
El texto del código de ética de cualquiera de los colegios profesionales no hace sino reiterar excelentes normas de conducta moral que todo el mundo ya sabe y que cualquier otro profesional no colegiado, cualquier trabajador, obrero o empleado, cualquier ciudadano, en general, conoce perfectamente, sin que para eso tenga que "colegiarse" ni, mucho menos, hacer un "juramento de honor". Tampoco se ponen, bajo juramento, las bases y estructuras de una hermandad de juramentados.
Por ejemplo, el art. 8 del código de los abogados:
El abogado debe actuar con prudencia, honestidad y buena fe. No puede, por lo tanto, aconsejar la comisión de actos dolosos, afirmar o negar con falsedad, hacer citas inexactas, incompletas o maliciosas, ni realizar acto alguno que estorbe o distorsione la administración de la justicia.
Cualquier ciudadano bien educado sabe que debe cumplir esas normas, que sin duda son milenarias y, sin duda, universales, válidas para todo tipo de trabajo y vida social, para todos los pueblos, todas las culturas y todas las épocas.
Naturalmente que está en primer plano la específica obligación del abogado, comprometido como nadie en la administración de la justicia. Pero un empresario, un gasfitero, una empleada de un banco o un sacerdote saben perfectamente que, en los tribunales o fuera de ellos, deben decir la verdad y actuar con buena fe.
(-Si un abogado tuviera que comportarse en los términos que le pide el art. 8 de su código de Etica, exclusivamente porque así se lo pide el código de ética, sería algo realmente lamentable! Dicho de otro modo: ningún abogado requiere de un código de ética que le recuerde como a niño pequeño ese tipo de normas de conducta moral. Y en ese sentido tienen razón los profesionales colegiados cuando dicen que lo importante no es el código sino su conciencia.)
Lo mismo cuando el art. 4 del código de Etica de los arquitectos subraya:
El arquitecto debe obrar con honestidad y buena fe. No ha de aconsejar actos dolosos, afirmar o negar con falsedad, ejercer coacción, soborno sobre funcionarios públicos o, en el desempeño de su cargo, realizar gestiones que tiendan a beneficiarlo.
No sólo el arquitecto colegiado debe comportarse de esa digna manera. También el maestro de obras, los obreros, los practicantes dibujantes, los choferes de la obra, ¡todo el mundo debe portarse de igual modo!
Dicen el art. 22 del código de los abogados y el art. 77 del código de los médicos:
Si creemos que el tema de la puntualidad amerita que se lo incluya en un código de honor que será solemnemente jurado por los colegiados, entonces valdría la pena ver cómo lo incluímos también en la Constitución de la República o en la letra del himno nacional...
Si esto es todo lo que contienen los códigos de Etica, tendrán razón los colegiados cuando digan que nunca leyeron el código de su Colegio o, eventualmente, que ni sabían que tenían un código.
Hay excepciones.
Por ejemplo, el realmente hermoso art. 65 de los médicos:
El médico tiene el deber tradicional de prestar atención gratuita a los colegas que la requieran, a la esposa e hijos y a los padres que dependan económicamente del colega. Este servicio se prestará previo mutuo acuerdo respecto a momento y lugar, salvo caso de emergencia en que la atención debe ser inmediata y en el lugar de la emergencia.
Igualmente hermoso y, todavía, más solidario, el art. 68, también del Colegio Médico:
Cuando un médico se ve imposibilitado, por enfermedad, de atender a sus pacientes privados y su condición económica es difícil, es deber moral de los colegas, amigos y discípulos, reemplazarle en la atención a esos pacientes desinteresadamente, entregándole los honorarios percibidos.
Nadie negará que estamos ante normas de moral solidaria que todos sabemos que serían ideales para nuestro trato con colegas y compañeros de labor. Y con ellas se construye una hermandad al interior de la sociedad. Pero estamos, ahora sí, ante normas que sobrepasan el comportamiento moral normal. No son pautas de una moral ideal que, ojalá, todos estaríamos dispuestos a poner en práctica "si buenamente podiésemos" pero que no nos pueden obligar a jurarlas solemnemente. Todo lo contrario. Aquí se trata de lo que formal y explícitamente jura cumplir un médico colegiado, efectivamente dentro de la vieja tradición hipocrática.
Si todo el código de Etica del Colegio Médico y todos los códigos de los diversos Colegios contuvieran primordialmente cláusulas de este tipo, tendríamos que sacarnos el sombrero y, definitivamente, respetar a este tipo de profesionales que juran portarse de ese modo, al margen de si se cumplen o no los juramentos (lo cual no es materia del presente trabajo).
Pero no en vano se remite ese art. 65 de los médicos a una tradición ("el médico tiene el deber tradicional..."). Es la tradición que proviene de los médicos atenienses, formados técnica y moralmente en el espíritu del maestro Hipócrates.
Mil años antes de que apareciesen los "gremios" profesionales medievales y dos mil años antes de las modernas asociaciones profesionales modernas, los médicos atenienses sentaron las bases morales de una clase muy particular de ayuda mutua que, con toda razón, es objeto de juramento de honor puesto que va más allá de las normas morales de cualquiera de nosotros.
Al leer, sin embargo, los actuales códigos de Etica de nuestros colegios profesionales, se tiene la impresión de que aquellas líneas de solidaridad se han perdido por completo. Y por eso, una vez más, el juramento de honor es, como dicen los entrevistados, una formalidad, una instancia legal para ejercer la profesión, sin ninguna especial convocatoria moral.
Es también una luminosa excepción, el art. 74 del código de Etica del Colegio de Psicólogos, evidentemente tomado de la tradición médica y del actual código Médico:
Cuando un psicólogo se ve imposibilitado por razones ajenas a su voluntad de atender a sus clientes privados y su condición económica es difícil, es deber moral de sus colegas y amigos reemplazarle en la atención a esos clientes y entregarle los honorarios recibidos.
Y una muy hermosa excepción adicional: el abogado tendría que saber que ha jurado un código que, en su art. 48, al enumerar los criterios para estimar el monto de sus honorarios, señala que debe tener en cuenta, entre otras cosas:
La capacidad económica del cliente, considerando que su pobreza obliga a cobrar menos y aun a no cobrar retribución si está debidamente comprobada.
El art. 123 del código de Etica del Colegio Médico lo dice en tono menor:
Los honorarios deberán estar en relación con el nivel económico de la población en que se ejerce.
Podemos también aceptar que con respecto a los detalles técnicos-específicos a los que hemos hecho alusión, el código de ética del Colegio Médico reglamenta asuntos importantes para la vida humana como trasplantes de órganos, abortos, transfusiones de sangre, injertos, normalmente en conexión con el código Sanitario y, en general, en el gran contexto del Código Penal; tal vez estos asuntos (aunque yo no lo pienso totalmente así) ameritan ser objeto de un juramento de honor.
Seguramente puedo haber pasado por alto también alguna que otra cláusula aislada de algún código de Etica Profesional, fuera del del Colegio Médico, que a alguien le parezca digna de un juramento de honor, y me agradaría mucho que se me corrigiese en todo lo que estoy diciendo. Tengo el mayor interés en que los códigos de ética de los colegios profesionales convoquen efectivamente a una "moralización" de los juramentados y de sus respectivos públicos. Pero su lectura creo que no nos suscita ningún entusiasmo especial ni creo que lo puedan suscitar en ningún profesional maduro.
Estimo que los Colegios Profesionales deberían repensar el contenido formal de sus códigos y, tal vez antes de eso, repensar qué tipo de institución humana desean ser y qué tipo de solidaridad fraterna desean someter a juramento.8
Como profesor de futuros profesionales, eventualmente colegiados, les suelo recordar a ellos que no existe ningún "imperativo categórico" ni ninguna "voz de la conciencia" salidas debajo de las piedras del "misterio" metafísico humano. Existe la sociedad humana, con su red de intercambios, relaciones y aprendizajes; con su lenguaje, sus ritos, sus costumbres, sus símbolos, sus sistemas de comunicación y de sobrevivencia. En su seno aparece la moral como sistema de control recíproco y de integración.
No se estudia la moral zambulléndose en el interior del individuo que somos cada uno de nosotros. Se estudia la moral observando qué tipo de sociedad han venido construyendo los seres humanos, qué han pensado y en qué han fracasado en la ineludible tarea de vivir unos junto a otros. Se estudia la moral, en definitiva, al mismo tiempo que el propio estudioso e investigador se compromete o no, critica o no, enjucia o no, aporta o no, a la discusión de cuáles son los valores por los que queremos optar como grupo, como sociedad, como comunidad, como hermandad.
Debo decir, lo más honradamente que puedo, que me da mucha pena que el juramento de honor de un código de ética profesional pueda parecer y ser, hoy en día, algo de tan poca importancia.
(Este ensayo fue presentado en el VI Congreso Nacional de Filosofía en Iquitos, Perú, y publicado en la revista PLURAL, Univ. de Lima, num 3, julio-diciembre 1996.)
total = 720 Artículos